A un suspiro – Final

No me caí, me golpearon. No fue alguien desconocido, fue mi pareja. No fue la primera vez, y aún así me quede. Me quede porque tenía miedo, porque me dijo que me iba a arrepentir. Me quedé porque pensé que tal vez iba a cambiar, que algún día se iba a cansar de golpearme. No conté nada porque sentí que me iban a juzgar, ¿quién se deja lastimar así?. Me imaginaba las preguntas que la gente haría; ¿por qué creíste que iba a cambiar?, ¿por qué no lo dejaste? ¿que estás esperando, que te mate?, ¿por qué no hablaste?, ¿por qué no denunciaste?, ¿Por qué te quedaste?, ¿Por qué, por qué, por qué?

Ese día había decidido irme, hablar con mi mamá para contarle. Juntarme con mi amiga que había dejado de ver porque estaba notando mis moretones. No le dije nada, intenté actuar normal, tampoco quise armar un bolso, quería dejar todo tal cual estaba.  Esa mañana nos despertamos al mismo tiempo, él fue a desayunar. Como siempre dejó el café caliente en la mesa mientras se hacía las tostadas. Yo me fui a bañar, no quería estar mucho tiempo con él, no quería que notara algo extraño. Agarré la toalla, la ropa y entré al baño. No puse cerrojo, no podía, no le gustaba, ¿cómo sabría él lo que yo hacía en el baño?, ¿y si llevaba el celular a escondidas y hablaba con otro? Él se tenía que asegurar.

Me saqué la ropa y abrí la ducha. Mi cuerpo se sentía diferente, hasta incluso me animé a sonreír. Estaba siendo valiente después de tanto tiempo, estaba haciendo algo por mí. Mis pensamientos estaban deleitándose con el momento de la huida cuando escuché la puerta. Su mano agarró mi brazo con fuerza, “acá vamos otra vez” pensé.

Primero me sacudió, me preguntó porque estaba tan contenta, porque no desayuné con él, si estaba apurada por irme a algún lugar. Me soltó, busco entre mi ropa algo, encontró mi celular. Me sentí tonta, ¿para que lo lleve al baño si a él no le gustaba?, ¿por qué no puse cerrojo?, ¿por qué le hacía caso si estaba pensando en huir?. Supongo que lo llevé por miedo a que lo revise, por miedo a que descubra algo y no me deje ir. Me gritó, me dijo que seguro borré los mensajes pero que él sabía que yo estaba con otro, que era una puta, que era una desagradecida, que era una porquería. Yo quería contestarle, ¿en que momento iba a ver a alguien si solo podía ir a trabajar?, ¿cómo iba a conocer a alguien si me tuve que alejar de mis afectos, si todos tenían algo malo para él? Comencé a llorar, porque me di cuenta que estaba sola, que me había alejado, que solo lo tenía a él y ni siquiera él me quería. Sentí de pronto el abandono, la desesperación, el miedo y la culpa. Todos juntos, como si todos esos sentimientos hubiesen estado esperando ese momento para hacerse sentir. No contesté a ninguna de sus acusaciones, no quería, no podía, ¿qué iba a decir?. Se enojó por eso, pero sé que se hubiese enojado si hubiera hablado también. Me pegó, me pegó tan fuerte que caí al piso.

No sentí nada más, no me di cuenta de las patadas, de los gritos, de mi desmayo. Me entregué por completo a él, estaba cansada, era imposible librarme, ¿quién me aseguraba que luego de irme no iría a buscarme?

Abrí los ojos, volví a la realidad en la que me encontraba. Estaba temblando al recordarme en esa situación, al darme cuenta lo vulnerable que estuve, la suerte que tuve que mi mamá preocupada me haya ido a buscar. Me levanté de la cama, fui al espejo, prendí la luz y me observé. No me reconocí en esa figura delgada, lastimada, triste. Había adelgazado por causa de los nervios, estaba lastimada por los golpes recibidos y sobre todo, estaba triste por haberme fallado. Por haber permitido que me traten así, que me hieran, que me hagan sentir que no valía.

Me hizo creer que el amor era control, que eran celos, que era pertenencia. Que el amor era coincidir en todo y cuando no, era callarse para no discutirlo. Me hizo creer que el amor era aislarse, era ocultarse detrás de alguien, “si me tenés a mí, no necesitas a nadie”. Me hizo creer que el amor era resignar mis gustos, mi libertad de decidir.

Me hizo creer que las críticas constantes eran buenas, que era fea, aburrida, algo rara. Me hizo creer que no lucía como yo quería, que mi cuerpo estaba mal, que cómo lo iba a mostrar. Me hizo creer que mi personalidad era confusa, que me reía demasiado, que los chistes que hacía eran tontos, inapropiados. Me hizo creer que los demás no me querían, que mis amigos se alejaban, que solo había un lugar seguro y era al lado suyo.

Me hizo callada, tímida, insegura, sumisa, bajó mi autoestima. Me hizo tonta, rara y aburrida. Lo había logrado, me hizo suya

Detrás de mi reflejo apareció mi mamá, me estaba mirando. Sus ojos estaban tristes, sabía lo que estaba pensando. Se acercó lentamente, me abrazo con cuidado. Me sentí protegida otra vez. La angustia cesó poco a poco a medida que ella me envolvía entre sus brazos, ¿por qué me aleje tanto? Pensé. Pero no pude preguntárselo, no quise que me diera una respuesta. Yo la sabia, ella también. Me acarició el pelo, me arrulló como cuando era chiquita y ese canto era símbolo de protección. Suspiré, ella rio “los suspiros siempre te calman” me dijo y me llevo a la cama. Me arropó y nos quedamos juntas, con nuestras manos envueltas y la garantía de saber nos teníamos.

No sé el final de esta historia; si consiguió paz, si él volvió, si se pudo alejar, si madre e hija se pudieron ayudar. No pude elegirlo como tampoco lo pueden hacer las mujeres que sufren violencia. Porque el final de sus historias se lo eligen otros; el Estado que las deja vulnerables, las personas que la juzgan, el vecino que dice “por algo será”, el amigo que piensa que es una exagerada y el hombre que la mata. La mata porque la cree suya, porque logró reducirla a un objeto que usa y trata como a él le plazca. Me gustaría que sea un final feliz, pero es que cada 33 horas muere una mujer por femicidio. 

Sol Menendez


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