A un suspiro – Parte 3

Hace cuatro días que estoy en el hospital, salen y entran enfermeras que me preguntan como estoy, si necesito algo, si tengo alguna molestia. La médica me visita todos los mediodías, me revisa y se asegura que esté bien.

Mi mamá está más callada, sospecho que lo está porque si habla sus palabras van a derivar en preguntas y sabe que no quiero hablar. Nadie me dice que me pasó, cuántos días más tengo que estar acá y si recuerdo algo. Nos cubre a todas una tela de silencio que nadie se anima a cortar. Me siento protegida, sus sonrisas me alegran y su preocupación me hace sentir querida, como si les importara.

Pase una noche tranquila, la primera después de cuatro días con pesadillas. El despertarme sin miedo me hizo sentir alegre. Mi mamá está durmiendo en un costado, acurrucada y seguramente incómoda porque la silla no es lo suficientemente grande y acolchada para pasar las noches. Me invade un deseo enorme de querer irme a casa, ya no quiero estar ahí. Quiero volver a mi cama, estar entre mis cosas.

Mi mamá me escucha inquieta, no estaba dormida. Me pregunta que pasa y le digo que quiero ir a casa. Ambas sonreímos. Me toma de las manos, me dice que estaban esperando que me sienta segura. Dentro mío no entiendo porque una caída accidental debería haberme causado tanto miedo, pero le digo que sí, que estoy segura. Me aprieta las manos, esta vez no me incomoda, me da un beso en la frente y sale al pasillo.

La casa quedó vacía. La toalla siguió en el mismo lugar donde estaba tirada, solo el agua dejo de correr. El miedo siguió rondando en las habitaciones y el silencio se adueñó de cada pequeño rincón. La figura de aquella mujer tirada en el piso del baño pareció seguir allí, como si nadie hubiera acudido por ella.

Hoy volví a mi casa, abrimos la puerta y tuve ganas de llorar. De irme otra vez al hospital pero mi mamá me sostuvo de un brazo y me llevó hasta mi habitación. Mi cama estaba revuelta, la ropa tirada por todos lados. No recordaba haberla dejado así, era raro porque siempre fui muy ordenada.

Me sentó en una silla y la observé desarmar la cama, doblar esas sábanas y cambiarlas por otras. Cuando terminó me pude acostar, ella siguió acomodando mientras cantaba nuestra canción. Me detuve a observarla, pensé que suerte tenía porque estaba acompañada, porque alguien me cuidaba. Sin darme cuenta mis ojos se cerraron y me dormí arrullada por su susurro.

Cuando desperté me encontré sumida en la oscuridad, estaba sola en mi habitación y eso me asustó un poco. Hacía unos cuantos días que no recordaba lo que era sentir la soledad, lo que era estar completamente conmigo misma. Lentamente el terror se apoderó de mi cuerpo. Mi corazón se aceleró, me sentí mareada y aturdida. Las lágrimas se acumulaban y no lograba gritar. Intenté moverme, pero no pude, algo me retenía a esa cama, algo me decía que afuera estaba desprotegida.

Estuve varios minutos en esa posición, expectante de algo que no sabía que era, ¿o si lo hacía? Escuché un ruido, era una puerta. Era el mismo ruido que escuché cuando estuve tirada en el piso del baño. Cerré lo ojos, reconstruí la escena. Recordé.  


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