A un suspiro – Parte 1

Estoy acostada en el piso frío, el suave tacto de la baldosa en mi cara me lo hace sentir casi como una caricia. No se si es porque la cara me arde y su contacto me calma, pero me gusta esa sensación. No quiero levantarme y de todos modos no estoy segura de poder hacerlo. El cuerpo me pesa, las piernas son casi insensibles cuando intento moverlas y mis brazos están fatigados. Un pinchazo en la cabeza me deja aturdida haciéndome saber que ella también está sufriendo. Logro suspirar, los suspiros siempre me calman.

Mis ojos comienzan a moverse inquietos y observan el lugar. Observan cada detalle que les permito ver desde la posición en la estoy; boca abajo y con los brazos a mis costados. El piso es de color negro, está limpio, brilla. Las paredes tienen baldosas blancas, deduzco que deben tener mosaicos que juegan con el blanco y negro, “un clásico” me digo a mí misma.

No me cuestiono en ningún momento que hago allí, solo sigo observando. Es una habitación mediana, se podría decir que con el tamaño justo. No sé que hay a mis espaldas, pero en frente mío puedo ver una bañera. Me sorprende darme cuenta que hay una toalla tirada, ¿qué hace ahí?, ¿por qué no está colgada? Mi cuerpo parece darse cuenta de lo mismo y tiene un escalofrío. Estoy desnuda. La toalla hace imaginarme la tibieza que me podría regalar en ese momento, está a unos metros pero los brazos me pesan y mis dedos no llegan. No puedo moverme. ¿No puedo o no quiero?

La ducha está abierta. El agua está corriendo y nadie va a cerrarla. Eso me enoja porque me gusta cuidarla. ¿Quién la dejó abierta? A pesar de eso cierro los ojos, las pequeñas gotas cayendo de forma apresurada siempre me trajeron algo de paz. Me distraigo pensando cuántas gotas caerán por segundo.

Se escucha el ruido de una puerta, no está lejos. Me estremezco, mi corazón comienza a acelerarse, no entiendo por qué. Supongo que es porque estoy desnuda en el piso del baño, sin poder moverme. Esta vez el ruido pertenece a una voz, mi cuerpo tiembla. Escucho pasos que se acercan, mis lágrimas brotan. Entonces me pregunto cuántas lágrimas por segundo puede derramar una persona, cuanto miedo se puede sentir y si hay un límite para eso. Los pasos llegaron, siento la presencia de alguien detrás pero no puedo hablar, no puedo escapar.


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