Amor en San Telmo

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Callecitas empedradas, edificios que remontan a historias antiguas, galerías y callejones que invitan a ser explorados. El día era otoñal, el cielo despejado permitía que los rayos del sol abrigaran los cuerpos que pronto sentirían el crudo invierno.

Las esquinas son testigos de amores, peleas, tristezas e inseguridades. Ellas están inmóviles, pero quienes las transitan las vuelven viajeras de relatos, las transportan a otros lugares, las trasladan a dónde todo comenzó o tal vez terminó. Son fuente inagotable de historias que quieren ser contadas pero que no pueden porque les falta una voz.

El Bar Plaza Dorrego de San Telmo situado entre Humberto Primo y Defensa es el claro ejemplo. En sus asientos comenzaron aventuras, en sus mesas compartieron cafés figuras, en sus paredes aún rebotan voces de viejas épocas, en sus pisos se deslizan sueños. Su atmósfera es cálida, su alrededor pintoresco.

El encuentro sucedió por casualidad, o por destino (se los dejo a su elección) eran jóvenes y su atributo más destacable era las ganas de amar y sentirse amados. No se conocieron en el café, su primer encuentro sucedió a pocos metros, en la plaza. No se hablaron porque no siempre se necesitan palabras, simplemente se miraron e instantáneamente la sonrisa cómplice apareció. Todos los miércoles a las 10 de la mañana sus ojos se encontraban y confirmaban los que ambos sabían; se gustaban.

Finalmente, un miércoles 26 de mayo intercambiaron las primeras palabras, el viento travieso hizo que la gorra de Agustín se dejara llevar y Iara, que de reojo observaba sus movimientos, la atrapó. Quisieron decirse algo más pero todas las palabras que en sus mentes fluían a la hora de hacerlas sonido se desvanecían, solo un “gracias” y un “de nada” pudieron pronunciar.

Un mes después, un miércoles invernal apareció Iara confundida mirando el reloj, el tiempo pasó y él jamás apareció. Una tímida lágrima de decepción corrió por su mejilla, tomo aire y por primera vez entró al café. Eligió la mesa que tenía vista directa a la plaza con la esperanza de verlo pero no se dio cuenta que lo tenía mucho más cerca de lo que pensó. En la mesa de enfrente, mirándola fijamente estaba Agustín, una vez más no necesitaron palabras sus ojos brillosos hablaron por ellos y él se levantó para sentarse con ella.

El resto continuó solo, risas que iban y venían, charlas infinitas, corazones acelerados a medida que se conocían y la satisfacción de escuchar sus voces juntas. El amor bailaba entre ellos, y ellos se dejaban guiar.

La esquina del café fue testigo privilegiado de una historia de amor que comenzó gracias a una brisa del viento, siguió con charlas en la mesita del café, y se fue alejando con largas caminatas por el barrio de San Telmo. Tanto se alejaron que no volvieron a pasar por allí, y la historia quedó inconclusa sin saber que pasó y como continuó.

El destino a veces es obstinado e insiste en poner trabas a quienes se aman. Iara tuvo que irse sin fecha de retorno y Agustín se quedó con el corazón en la mano sin saber dónde guardarlo y sin ganas de intentar entregarlo.

Los años pasaron pero los sentimientos no cambiaron y la vida demostró una vez más que los que se enamoraron en un lugar vuelven allí para recordar. Ella tímidamente se acercó a la esquina que tantos recuerdos le traían, él regresó para intentar superar un amor pendiente que seguía aferrado firmemente. Ella del lado de afuera, él del lado de adentro, una pared que los separaba pero que no fue suficiente para tapar el encuentro de sus miradas. Agustín se levantó apurado y se reencontró con la sonrisa que tanto había extrañado.

Un amor que no necesitó de palabras, solo miradas. Un amor que nació en una esquina y continuó por las viejas callecitas empedradas que marcaron el camino para que nunca más se separaran.

Sol Menéndez


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