Para que no me olvides

Plaza_Rodriguez_Peña-02

Su lapicera escribió el punto final de la anotación de su libreta de ese día:

26 de junio 2015
Hoy voy a buscarte, espero poder encontrarte. Revisé tres veces que la calle sea la correcta, no quiero equivocarme. Hace mucho no me sentía así, tan expectante. Vos y yo recorriendo Buenos Aires.

Estaba sentado en la esquina de Avenida Callao y Córdoba. Escondido entre el monumento a Saavedra y la fuente que está metros atrás. La gente pasaba pero no lo observaba, sólo algunos de reojo le dedicaban alguna mirada. Él sonreía abstraído de su alrededor, esperando algo que no sabía que era pero al fin y al cabo esperando. Se había olvidado esa sensación, y por eso se sentía feliz.

Miraba fijamente la salida del subte D, sus manos estaban inquietas porque la hora se acercaba. La vio aparecer lentamente, venía acompañada de una amiga que despidió con la mano. Dio la vuelta en dirección a él y sus miradas se cruzaron. Mario sintió amor; Sofía desesperación. Ninguno de los dos se movió, sólo un empujón de una persona logró sacar a ella de su petrificación.

Se acercó a pasos cortos, examinando la escena. Lo vio parado con su boina negra entre las manos, su tapado marrón y sus zapatos impecablemente limpios. Él le regalo su mejor sonrisa y a ella se le ablandó el alma. Su boca estaba adornada con un bigote canoso, el poco pelo que tenía estaba peinado hacia atrás y sus dientes delataban su edad. Sofía no resistió más y se arrojó a sus brazos.

– Papá, ¿qué estás haciendo acá?-

-Te vine a buscar, ¿está mal?-  le contestó él intentando ocultar el miedo que la                       respuesta le podría causar.

Sofía no le contestó, prefirió no hacerlo porque sabía que sus palabras lo decepcionarían. Solamente lo tomo del brazo y se fueron caminando hasta la Plaza Rodríguez Peña. Allí se sentaron en silencio.

-Disfruta del momento- le susurró Mario

Él la miraba con ojos brillosos, veía en ella al ser que más amaba. Gozaba de ese instante porque por un momento se sintió un adulto, se sintió nuevamente padre. Fue a buscar a su hija luego de su trabajo para juntos volver a casa.

Ella no podía relajarse. Tres meses atrás, en una charla entre amigos, le habían hecho notar que su papá ya no era el de antes. Sus pies habían perdido la estabilidad, su memoria había comenzado a fallar. Cada tanto se perdía y le costaba volver a la realidad, por eso había decidido que no saliera solo y que se quedara más tiempo en su casa. Esta era la primera vez, después de esos meses, que él salía sin acompañante.

Estuvieron media hora sin cruzar palabra, él tomando su mano y respirando el aire fresco de junio que le regalaba su querida ciudad. Sofía estaba preocupada, preguntándose qué haría y como le diría que eso no se podía repetir de una forma que no lo hiriera. Decidió que lo hablarían a la tardecita cuando los dos tomaran mates mirando la televisión.

La hora llegó, el cielo oscuro y el viento frío delataban que era una tarde invernal. Los vidrios se encontraban empañados por la diferencia de temperatura entre el exterior y el interior del departamento. Sofía estaba en la cocina calentando el agua, preparando el mate y poniendo en un plato los bizcochitos preferidos de su padre. Lo notó raro después de la plaza, en lugar de regar las plantas del balcón o elegir algún libro para leer había ido directo a su habitación. Lo espió en un par de ocasiones pero lo vio entretenido entre sus cosas y decidió no molestarlo.

Lo llamó cuando todo estaba listo, se sentía nerviosa. Era extraño para ella decirle qué hacer al hombre que toda su vida cuidó de ella. Mario apareció minutos después con una libreta en la mano y fotos en la otra.

Se sentó lentamente y colocó cada una de ellas delicadamente sobre la mesa. Su rostro estaba tenso, con algunas fotografías se quedaba más tiempo mirándolas, como examinando los sucesos que ellas guardaban. Cuando terminó, miró a Sofía que estaba intrigada observando cada movimiento. No la dejó decir nada, solo extendió una foto y comprendieron que todo se realizaría en silencio. Por cada una que le daba notó que las facciones de su hija cambiaban, su cuerpo era un mar de emociones. Cuando la última llegó a sus manos, sus hombros se aflojaron y las lágrimas comenzaron a brotar. Mario se levantó, arrimó una silla a su lado, la acurrucó entre sus brazos y empezó a explicar.

-Un día me levanté de mi cama y fui directo al espejo del baño. No recordaba cuándo había sido la última vez que me había mirado en detalle, pero por alguna extraña razón ese día decidí hacerlo – hizo una pausa, secó una lágrima de su hija y continuó – el color de mis ojos, están gastados, una pequeña aureola gris rodea el marrón oscuro que tenía a mis 20 años. Mi piel perdió firmeza y forma pequeños pliegues en mi cara, mis dientes están más flojos, mi boca se reseca más rápido. Mi pelo casi desapareció y el bigote oscuro que con tanto orgullo solía llevar se tiñó de blanco. La vejez me invadió y no supe darme cuenta en qué momento había pasado – apartó su cuerpo del de Sofía, agarró el mate y con manos temblorosas empezó a cebar- Tu papá creció hija, ya no tengo piernas fuertes, mi memoria se escapa cada dos por tres y me doy cuenta que hay cosas que no puedo hacerlas solo. Mi cuerpo y mi mente me recuerdan todos los días lo viejo que estoy, eso lo puedo soportar, pero lo que mi alma no soporta es que ya no me mires como antes; que hayas dejado de verme como tu papá.

A Sofía se le estrujó el corazón, comprendió que Mario tenía razón, hoy después de tres meses había querido recuperar el puesto que se había ganado él con su nacimiento y que ella se lo había quitado.

-Las fotos – volvió a tomar la palabra- son para que me recuerdes como era, la vejez no te cambia pero te esconde. La memoria desaparece pero el amor que siento por vos jamás lo hará, tal vez un día me mires y sólo veas un pobre viejo que balbucea palabras, que no se puede levantar y necesita ayuda para todo. En ese momento agarra las fotos, abrí mi libreta y rememorame de esa manera. Si tus ojos me miran como hija, entonces yo voy a recordar que soy el padre. No te olvides nunca que mi trabajo es cuidarte.

Guardó las fotos en un sobre y se lo extendió. En el frente decía “para que no me olvides”. Luego se abrazaron, se dieron esos abrazos que no necesitan palabras porque la conexión es tan íntima que la persona puede leer los pensamientos. Ella le permitió que la vaya a buscar y él se sintió agradecido. Luego terminaron el día como cualquier otro.

Salió de la boca del subte y no lo vio. Corrió las cuadras que había de distancia hasta su casa con el corazón desbocado y el alma a los pies. Subió los tres pisos de distancia que había hasta su casa y abrió la puerta con una sola esperanza, que estuviera ahí.

Lo encontró sentado en su sillón mirando hacia afuera, en la mesa había una caja. La abrió y se encontró con la libreta de su padre y el sobre con las fotos que le había mostrado tiempo atrás. Leyó la última anotación que había hecho;

3 de noviembre de 2017
Hoy tuve un nuevo encuentro con el espejo, ¿te acordás cuando te conté? Siento que son mis últimos tiempos con algo de lucidez por eso decidí dejar de ir a buscarte. Te prometí cuidarte y el saber cuándo quedarme en casa es una manera de cumplir. Te dejo mi libreta en donde anoté cada día juntos desde que eras chiquita, para que me recuerdes como te pedí.

Te ama, tu papá.

Cerró la libreta, ya tendría tiempo de leerla. Miró una foto y fue a su encuentro. Lo beso en la frente y Sofía comprendió que esta aventura la vivirían los dos.

Sol Menéndez 

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