Mi maga

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Hay personas que tienen magia, y con magia no me refiero a conjuros o trucos. Tienen la magia de cambiar las cosas pero desde un modo más profundo, más sincero, más complejo. Esas personas no lo saben y eso es lo que las vuelve más lindas y apreciables.

Mi vida transcurría tranquila, era una persona callada, no muy divertida y por momentos bastante antipática. La gente no me tenía gran aprecio y yo no se los tenía a ellos. Solo contaba con pocos amigos, con los cuales por razones laborales no nos veíamos demasiado. La relación con mi familia era normal, no me caracterizaba por ser muy demostrativo, al contrario. No me preocupaba por el resto porque consideraba que si alguien necesitaba ayuda me la pediría sin tener que preguntarle. Sumemos a la lista de defectos que era egoísta.

Pero es cuando uno está distraído, cuando la mente se encuentra pensando en otras cosas (que en ese momento crees importantísimas) que la vida aparece con una sorpresa para cambiarte de golpe el eje de tu existir.

Recuerdo como si fuera ayer aquel martes a las tres de la tarde. Era verano, la mayoría de los empleados de la oficina estaban vacacionando y sólo quedábamos unos pocos. La demanda de pedidos era baja y nadie necesitaba reemplazos. Almorcé apurado porque una de las ventajas de esa época del año es que si terminas tu tarea del día te podes ir antes.

Miré el reloj ansioso, sólo me faltaba completar una planilla y sería libre, pero la suerte no estuvo de mi lado (o si) y mi jefe me llamó por el intercomunicador: “García vení a mi oficina que te quiero comentar algo”. Con fastidio, me dirigí hacia allí.

Hernán Acevedo es mi jefe, un hombre complicado, al parecer en eso las películas no mienten y los jefes suelen ser personas desagradables. Se sentía orgulloso de la empresa que estaba formando. Estaba haciendo negocios con una multinacional pero al parecer pronto vendrían muchas más, o al menos él se jactaba de eso.

Su egocentrismo inundaba cada rincón de su oficina. Las paredes estaban cubiertas de fotos de su familia, quienes supuestamente venían de un linaje importante e histórico de Buenos Aires. También tenía fotos de cada parte del mundo que visitó y poseía una vitrina con los trofeos de golf que había ganado en diferentes torneos. Una vez que me invitó a tomar asiento me contó que se ausentaría unos días porque viajaría a un lugar exótico que no recuerdo, luego me dijo lo verdaderamente importante. Esteban, el contador principal de la empresa, dejaba el empleo para iniciar un proyecto personal entonces su puesto sería mío por haber sido un buen asistente. Noté que lo decepcionó su partida y aunque no lo expresó me di cuenta que lo consideró como una traición. Pero como ese no era mi problema acepte encantado sin preguntar, me había formado para ejercer mi profesión y quería dejar de ser “ayudante de” eternamente.
Me explicó detalladamente mi nuevo contrato y después me informó que alguien nuevo ocuparía mi puesto. Una chica que acababa de recibirse de contadora, su nombre era Gimena y se incorporaría el día siguiente. Hizo una pausa, miró hacia ambos lados y bajando la voz aseguró: “muy bonita por cierto” y guiñó un ojo. Solo sonreí porque Acevedo me acababa de ascender pero su actitud me parecía infantil. Así que luego de eso me levanté, no quería que pensará que podríamos tener una relación de complicidad o algo parecido. Le tendí la mano, le agradecí y le dije que aún me faltaba terminar una planilla pero negó efusivamente con la cabeza y me dijo que vaya a mi casa a festejar. Luego agregó: “sin resaca mañana García” y rió estruendosamente. Yo sólo volví a sonreír y me fui lo más rápido posible.

Aunque mi jefe me desagradaba su idea no me disgustó, pensé que sería justo por mi esfuerzo festejar el ascenso. Llamé a mis pocos amigos y por alguna increíble razón todos podían. Cenamos en mi casa, tomamos, recordamos viejos tiempos y me aseguraron, aunque yo me negué, que la nueva empleada me iba a terminar gustando. Solía ser negativo y por eso razón me había prometido no mantener una relación amorosa con nadie del trabajo. Era algo así como una regla que me impuse a mí mismo.

Finalmente el día de las presentaciones llegó. Acevedo me guio hasta mi nueva oficina y allí la encontré, de espaldas mirando por el ventanal. Mi jefe carraspeó para que notara nuestra presencia y en cuanto se dio vuelta y pude vislumbrarla sentí que el tiempo se paraba. La contemplé en silencio porque no podía articular palabra. Su pelo era de un rojo intenso que llegaba hasta los hombros, su piel blanca resaltaba su cabellera y sus ojos, verde oscuro, terminaban por adornar su fino rostro.

Cuando su mirada se dirigió hacia mí me sentí pequeño, me miró sostenidamente mientras me presentaba sin siquiera apartar por unos segundos sus ojos de los míos. Intenté parecer firme en mi conversación pero mis palabras dudaron a cada instante. Finalmente mi jefe nos dijo que mañana se tomaba el avión para su extraordinario viaje y el hilo de la conversación giró alrededor de él y sus próximas aventuras.

Aquel día fue tranquilo, mis nervios se calmaron y mi seriedad volvió a ser la misma. Le indiqué como se hacían los trabajos y le ofrecí mi ayuda en caso que la necesitara. Su tono de voz me pareció decepcionado, creo que esperaba una persona más simpática pero con el tiempo supuse que se acostumbraría.

Los días y semanas pasaron, ella se fue soltando y dejó atrás el personaje de empleada estructurada. Sus cambios fueron de a poco pero yo los fui notando. Le gustaba conversar, lo hacía todo el tiempo. En esas charlas conocí cuáles eran sus sueños, escuché sus palabras utópicas sobre el amor, la felicidad y la familia. Me contagió su entusiasmo y su alegría.

Aprendí sus hábitos y manías como cantar en voz baja mientras hacia las planillas, su torpeza al levantarse y golpearse con el escritorio y la costumbre de morderse los labios cuando estaba concentrada. Se la notaba segura, arriesgada, soñadora. De su boca solo salían palabras amorosas, los cumplidos la ponían nerviosa lo que demostraba su bajo perfil. Pero aunque ella no quisiera resaltaba por si sola. Descubrí que solo tenía pecas en sus hombros y que no le gustaban porque siempre tendía a taparlas. También descubrí que comencé a reírme más seguido, que mi rostro se fue aflojando, que mi ceño no estaba fruncido y que mi cuerpo no dejó de estar tenso. Descubrí que su sonrisa era luz para mí, no importa el día, la hora o la circunstancia ella siempre sonreía y por lo tanto yo también.

Me negué a quererla pero el tiempo nos demuestra que cuanto más negamos, más sentimos y mi amor creció a pasos agigantados. Me molestaba cuando mi jefe, que en los últimos meses parecía amar la contaduría, aparecía con un café para nosotros queriendo disimular que su gesto en realidad iba dirigido sólo a ella.

Notaba que el resto de los empleados aprovechaban la hora de almuerzo para invitarla pero ella siempre buscaba alguna excusa, de la cual salía bien parada y les era imposible molestarse o darse cuenta que los rechazaba. Debo confesar que me preguntaba si su negativa era porque estaba en pareja y aunque estuve muchas veces a punto de sacarme la duda, me arrepentía a último momento. Creo que temía la respuesta.

Finalmente un día el amor trepó por mi garganta. La encontré en el pasillo, venía distraída hablando sola y cuando levantó la vista me vio. Noté que estaba molesta y le pregunté el porqué. Con sus manos acompañando el relato me dijo que Gabriela, la secretaria de Acevedo, le insinuó que él no la soportaba y no duraría mucho más en el cargo.

Me quedé mirándola por un instante y notando como sus mejillas se teñían de rojo por la furia contenida, entonces enternecido por su estado me atreví a decirle:

-Gabriela esta celosa porque Acevedo viene a verte a la oficina.
-No viene por mí, viene por trabajo – me contestó indignada.

Su inocencia me causaba gracia y en tono de broma agregué:
-Viene para pasar tiempo con vos, lo estás enamorando.
-Joaquín, eso es imposible – me dijo con cara de fastidio.
-Imposible es no enamorarse de vos.

Me percaté de mi comentario al ver su sorpresa y atemorizado por mis palabras incontroladas y mi atrevimiento me aleje hacia las oficinas de administración.
Busqué un motivo para pasar el día allí, revisé papeles, informes, gastos. No quería verla, mi timidez me lo impedía. Al día siguiente ella interpretaría mi arrepentimiento y aunque la relación se tornaría más fría, no tendría que explicar nada.

Pasé toda la noche preguntándome cuál había sido el motivo que me impulsó hacerlo. Jamás actuaba así, sentía que mi cabeza daba vueltas y que en mi estómago caminaba una patrulla de hormigas desorientadas. Dormí muy poco porque me despertaba a cada instante pensando que por ahí se había sentido ofendida.

El despertador sonó a las 7 de la mañana, por un instante dudé en llamar para pedir el día debido a unos trámites inesperados e imaginarios que me había surgido pero no quería sumar a mis defectos la cobardía. Me vestí sin ganas y fui caminando hacia mi auto volviéndome a sumergir en mis pensamientos catastróficos e imaginando cómo iba a poder explicar lo que había dicho.
Saludé en recepción y a medida que me acercaba mi corazón comenzaba a latir más fuerte, pensaba que todo el mundo sabía lo que había hecho y creía que todos me miraban. Finalmente llegue a la puerta de mi oficina, la que compartía con ella a pesar que debería ser sólo mía pero como estaba aprendiendo le permití quedarse y ahora era una costumbre.
Tomé con mi mano el picaporte y lo giré despacio, como cuando no se quiere despertar a alguien que está dentro de su habitación. Quería fervientemente que no esté allí sentada mirándome, sería más fácil pero no siempre lo que queremos se cumple y cuando abrí la puerta me encontré con sus ojos verdes y su sonrisa saludándome. Suspiré por dentro, tal vez no se había percatado, o lo consideró una broma.
Le devolví el saludo un poco más serio de lo habitual y me dispuse a trabajar. La realidad es que no noté su ceño fruncido, como tampoco me di cuenta que estaba fastidiosa y no había salido almorzar. Intentaba ignorarla porque finalmente añadí a la lista de defectos la cobardía.
Faltaban quince minutos para irnos cuando se acercó a mi escritorio y sosteniendo unos papeles me dijo:

-¿Vas a salir corriendo otra vez o me vas a invitar un café? –

A diferencia de esa mañana, mi corazón dejó de latir. Un cosquilleo recorrió todo mi cuerpo y una sonrisa tonta y torpe se dibujó en mi rostro.

-Perdón – contesté entrecortado – es que pensé que te había incomodado el comentario-
-Me incomoda que te hagas el tonto, como si yo no hubiera escuchado – puso los ojos en blanco y continuó – ¿qué vas hacer? –
-¿Querés ir a tomar un café conmigo?- y esta vez sonreí más confiado al ver que me decía que sí.

Nos miramos unos segundos, como no creyendo lo que pasaba y luego de acomodar los últimos informes nos dirigimos al bar de la esquina. No voy a mentir, la felicidad invadía todo mi cuerpo pero también lo hacía el miedo.

Nos fuimos conociendo, nos fuimos gustando. La relación creció, y me fui enamorando cada día más de sus gestos, sus diferentes sonrisas, sus miradas e incluso de sus tristezas. Ella era transparente, era única, era mágica.

Sin embargo el ser humano tiene la capacidad de arruinarse sus mejores momentos con hipótesis absurdas, con problemas inventados, con suposiciones que no llegan a nada más que confusión y temor. Es que cuando uno viene de malas experiencias el miedo a vivir lo mismo invade todo tu cuerpo sin quererlo.

Asi fue que luego de un tiempo mis miedos se hicieron presentes en mis acciones. Me comportaba distante, absurdo y hasta a veces enojado. Pero, ¿saben qué? Una vez más su magia salió a mi rescate y sin dejarme opción comenzó a interrogarme.
Al principio contesté dubitativo pero luego no pude parar de hablar. Su rostro se mantuvo serio, asentía y negaba dependiendo lo que le contaba. Una vez que de mi boca salió todo lo que mi alma guardaba, sus facciones se suavizaron. Me miró con ternura, depositó un beso en mis labios y sonrió. Fue uno de esos momentos en que las palabras de amor se dicen con los ojos y en silencio.
Me acarició la mejilla suavemente y susurrando me dijo:

-Al miedo le vamos a ganar los dos –

En este preciso momento la estoy mirando, ella está mi lado y no se percata lo que estoy escribiendo. No me mintió, el miedo desapareció. Ahora solo aprendo a disfrutarla, amarla y sobre todo, a escucharla. Al lado mío tengo un libro de Cortázar, me causa gracia la ironía que, al igual que Horacio, yo también encontré a mi Maga.

“Solo el que espera podrá encontrar lo inesperado (…)”
Rayuela, Julio Cortázar. Capítulo 36.

Sol Menéndez 


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